Las bodegas españolas ya se están preparando para la campaña de la vendimia

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Cuando el verano entra en su última fase, el viñedo español comienza a concentrar buena parte de la atención del sector vitivinícola. La vendimia se acerca y las bodegas empiezan a preparar una campaña que exige coordinar personas, maquinaria, instalaciones y decisiones que pueden influir directamente en la calidad de la próxima cosecha. El momento exacto de recoger la uva no se puede fijar simplemente mirando el calendario. Cada parcela evoluciona a un ritmo diferente y las condiciones meteorológicas de los meses previos terminan teniendo un papel decisivo.

En España, uno de los grandes productores mundiales de vino, la vendimia se desarrolla durante varios meses y no empieza al mismo tiempo en todas las regiones. Las primeras uvas pueden recogerse en zonas especialmente cálidas o en determinadas variedades de ciclo temprano, mientras que otras áreas esperan hasta septiembre e incluso octubre. La altitud, la orientación de las parcelas, la variedad cultivada y la evolución de las temperaturas influyen directamente en el momento de la recolección.

Antes de que llegue ese día, las bodegas tienen que poner a punto una maquinaria que durante el resto del año puede utilizarse con menor intensidad. Los depósitos, prensas, despalilladoras, bombas, tuberías y sistemas de refrigeración deben estar preparados para recibir una cantidad de uva que llegará de manera muy concentrada. Cualquier fallo durante la vendimia puede tener consecuencias importantes porque la uva recogida no puede esperar indefinidamente antes de comenzar su transformación.

La limpieza adquiere una relevancia especial durante esta fase. Las instalaciones deben encontrarse en unas condiciones higiénicas adecuadas antes de recibir la nueva cosecha. No se trata únicamente de una cuestión de orden. La elaboración del vino depende de procesos microbiológicos muy sensibles y cualquier contaminación puede alterar la evolución del mosto o del vino. Por eso, los trabajos previos a la vendimia incluyen la revisión y acondicionamiento de todas las zonas que entrarán en contacto con la uva o con el producto durante su elaboración.

Al mismo tiempo, se revisan las necesidades de personal. La vendimia puede incrementar notablemente la actividad de una bodega durante unas pocas semanas y obliga a organizar turnos capaces de cubrir jornadas más intensas. En las explotaciones donde la recogida se realiza manualmente, el número de trabajadores necesarios puede aumentar considerablemente. Allí donde se utilizan vendimiadoras mecánicas, la organización cambia, pero también exige contar con operadores preparados y con maquinaria en perfecto estado.

La elección entre vendimia manual y mecanizada depende de muchos factores. Algunas variedades y determinadas configuraciones de las parcelas permiten utilizar máquinas con eficiencia, mientras que otras situaciones aconsejan recoger los racimos a mano. También influye el tipo de vino que se pretende elaborar. En ciertas producciones se considera importante seleccionar cuidadosamente los racimos y decidir con precisión cuáles entran en la bodega, una tarea que puede resultar más sencilla cuando la recogida se hace manualmente.

La tecnología también está modificando la forma de decidir cuándo comienza la campaña. Los viticultores pueden analizar parámetros como el grado de maduración, la acidez o la evolución del peso de las bayas para determinar cómo avanza la uva. No basta con observar que el fruto haya cambiado de color o alcance un determinado tamaño. La madurez tecnológica y la madurez fenólica pueden evolucionar a ritmos diferentes y los responsables de cada explotación deben decidir qué equilibrio resulta más adecuado para el vino que quieren elaborar.

En esa decisión, el clima tiene una influencia enorme, puesto que las temperaturas registradas durante la primavera y el verano afectan a la velocidad de maduración, mientras que las precipitaciones pueden modificar el estado sanitario de los racimos. Los episodios de calor extremo, las tormentas o las lluvias próximas a la vendimia pueden obligar a adelantar o retrasar la recogida. Por eso, cuando se acerca la campaña, la información meteorológica se convierte en una herramienta de trabajo tan importante como las observaciones realizadas directamente en el viñedo.

El cambio climático está haciendo que esta planificación sea todavía más compleja. El avance de las temperaturas medias y la mayor frecuencia de determinados episodios extremos están modificando los ciclos vegetativos de la vid en distintas zonas productoras. En algunas regiones se han observado vendimias más tempranas que décadas atrás, aunque la evolución no es idéntica en todos los territorios. El sector estudia estas transformaciones porque afectan no solo al calendario de cosecha, sino también al equilibrio entre azúcar, acidez y otros componentes de la uva.

El agua es otra de las grandes preocupaciones. La disponibilidad hídrica condiciona el desarrollo de la planta y puede marcar diferencias considerables entre campañas. En regiones donde el déficit de precipitaciones es más acusado, las decisiones sobre manejo del viñedo adquieren especial importancia. La gestión del suelo, la vegetación entre calles, el control del estrés hídrico o el uso racional del riego, cuando está permitido, forman parte de una estrategia que busca mantener la viña en unas condiciones adecuadas hasta la llegada de la recolección.

La sanidad vegetal tampoco puede descuidarse en las semanas previas. La aparición de enfermedades fúngicas, plagas o daños provocados por fenómenos meteorológicos puede afectar a una parte de la producción. La vigilancia del viñedo se intensifica cuando se acerca la vendimia porque cualquier problema que avance rápidamente puede comprometer la calidad de los racimos y obligar a modificar la estrategia de recolección.

Otro elemento importante es la logística, puesto que, una vez recogida, la uva debe desplazarse desde la parcela hasta la bodega, intentando que transcurra el menor tiempo posible. El transporte tiene que adaptarse al ritmo de entrada de la fruta para evitar acumulaciones y garantizar que las instalaciones puedan procesarla adecuadamente. En grandes explotaciones, coordinar varias cuadrillas, parcelas y vehículos puede convertirse en una operación compleja que requiere planificación previa.

La organización también depende de si la vendimia se hace de noche o durante el día. En determinadas zonas, las temperaturas elevadas pueden hacer conveniente trabajar en las horas más frescas. Recoger la uva con menor temperatura puede facilitar su llegada a bodega en mejores condiciones y reducir determinadas alteraciones. Esta práctica no es universal, pero refleja hasta qué punto el momento concreto de la jornada puede formar parte de la estrategia de cada productor.

Las bodegas deben preparar igualmente su capacidad de almacenamiento. El volumen de mosto que entra durante la campaña puede ser muy elevado y los depósitos necesitan estar disponibles en el momento adecuado. La planificación requiere calcular cuánto producto se espera recibir y cómo se distribuirá entre los diferentes recipientes en función del tipo de elaboración previsto. Una mala previsión puede generar problemas de espacio precisamente cuando la actividad alcanza su máximo.

Los laboratorios también adquieren un papel importante, según nos explican los enólogos de Bodegas Federico, quienes nos cuentan que, durante la vendimia, el análisis de muestras permite comprobar parámetros de la uva y seguir la evolución de los mostos. Estas mediciones sirven para tomar decisiones sobre fermentación, temperatura y otros procesos posteriores. La información obtenida en el laboratorio complementa las observaciones realizadas en el viñedo y ayuda a transformar una materia prima variable en un producto cuya elaboración debe mantenerse bajo control.

No todas las campañas plantean los mismos retos. Una cosecha puede ser abundante, pero presentar dificultades sanitarias. Otra puede ofrecer menor producción y, sin embargo, unas condiciones particularmente favorables para determinados vinos. Por eso, el volumen total de uva recogida no basta para determinar cómo será una vendimia. El sector presta atención tanto a la cantidad como a parámetros relacionados con la calidad y la evolución de cada zona.

La diversidad vitivinícola española hace que estas diferencias sean todavía más pronunciadas. No se vendimia igual en La Rioja que en Jerez, en Rías Baixas que en La Mancha o en las denominaciones situadas en zonas de montaña. Cada territorio tiene variedades predominantes, condiciones climáticas y características de suelo diferentes. Incluso dentro de una misma denominación, dos parcelas próximas pueden alcanzar el momento óptimo de recolección en fechas distintas.

Por eso, el calendario de vendimia se construye progresivamente. A medida que se acerca el momento decisivo, los responsables de las explotaciones realizan controles más frecuentes y ajustan sus previsiones. La fecha que semanas antes parecía probable puede cambiar en cuestión de días si las temperaturas evolucionan de manera diferente a lo esperado. La flexibilidad es una de las principales herramientas del sector frente a una actividad tan dependiente de la naturaleza.

¿Cuáles son los vinos españoles más exportados?

España mantiene una posición destacada en el comercio internacional del vino y una parte importante de esa presencia exterior procede de sus Denominaciones de Origen. Los datos del Ministerio de Agricultura correspondientes a la campaña 2023/2024 muestran un mercado internacional muy diverso, con territorios que destacan por su volumen y otros que tienen una presencia más especializada. Si dejamos fuera los vinos espumosos y nos centramos exclusivamente en las Denominaciones de Origen, Rioja aparece claramente como la principal referencia exportadora, acompañada por La Mancha, Ribera del Duero, Rueda y varias denominaciones gallegas.

La Denominación de Origen Calificada Rioja ocupa la primera posición entre los vinos con DOP comercializados en el exterior. En la campaña 2023/2024 concentró el 24,86% del volumen de vino embotellado exportado por las denominaciones españolas. Su fortaleza es especialmente evidente entre los tintos, categoría en la que alcanzó el 47,20% de las exportaciones de vino embotellado con DOP.

La Mancha ocupa otra posición relevante, aunque con un perfil diferente. Su volumen exterior alcanzó el 4,28% del total de las DOP en esa misma campaña. La dimensión de esta denominación y la variedad de vinos que comercializa explican en buena medida su presencia internacional, que no está concentrada exclusivamente en un único estilo. En el conjunto de los tintos exportados por las DOP representó el 6,25%, mientras que entre los blancos alcanzó el 7,35%.

Ribera del Duero, por su parte, destaca especialmente cuando se observa el mercado exterior de los tintos. Su peso sobre el total de las exportaciones de vino embotellado con DOP fue del 3,28%, pero su participación dentro de los tintos ascendió al 7,35%. Esa diferencia refleja el fuerte grado de especialización de la denominación.

Además, Ribera del Duero tiene una posición especialmente interesante cuando se analiza el valor de las ventas. Según los datos de la propia denominación, en 2024 exportó alrededor de 12,4 millones de litros por unos 173 millones de euros, con un precio medio de 13,9 euros por litro. Su presencia internacional se extiende a numerosos países y combina volumen con un posicionamiento económico notable.

Entre los blancos, Rueda ocupa una posición destacadísima. En la campaña 2023/2024 representó el 20,01% de todo el vino blanco embotellado exportado por las DOP españolas. Su evolución internacional está muy ligada a la identificación de la denominación con los blancos elaborados a partir de variedades características de la zona, lo que le proporciona un perfil claramente reconocible fuera de España.

Rías Baixas es la otra gran denominación blanca que sobresale en las exportaciones. Su cuota alcanzó el 17,35% del vino blanco embotellado exportado por las DOP en la campaña 2023/2024, situándose muy cerca de Rueda. El peso de esta denominación gallega resulta especialmente significativo porque demuestra que la exportación de vino español no está concentrada exclusivamente en las grandes zonas productoras del centro y norte de la península.

El protagonismo de Galicia se completa con otras denominaciones que, aunque están lejos de los volúmenes de Rioja o Rueda, han conseguido desarrollar una presencia internacional propia. Es el caso de Ribeiro, cuyo comercio exterior en la campaña 2023/2024 alcanzó más de 6,4 millones de euros. También Valdeorras superó los 2,2 millones de euros en ventas exteriores, mientras que Ribeira Sacra registró más de 1,6 millones. Son cifras considerablemente menores, pero reflejan que distintas zonas gallegas están encontrando consumidores más allá de sus mercados tradicionales.

Ribeiro presenta además una característica interesante por su diversidad varietal y por la fuerte personalidad territorial de sus vinos. Su dimensión exportadora todavía no puede compararse con la de las principales denominaciones españolas, pero su presencia exterior indica que los vinos gallegos cuentan con una demanda internacional que va más allá de Rías Baixas.

Valdeorras sigue una trayectoria semejante desde una escala menor. Sus vinos han conseguido hacerse un espacio especialmente reconocible entre los blancos, pero la denominación cuenta también con otras elaboraciones. El desarrollo de mercados exteriores permite ampliar el conocimiento de una zona vitivinícola que durante mucho tiempo tuvo una proyección internacional más limitada.

Ribeira Sacra aporta además un caso diferente por las características de su territorio. Su viticultura está muy condicionada por un paisaje de pronunciadas pendientes y por el trabajo en parcelas donde la mecanización resulta más complicada. En el exterior, su presencia es todavía pequeña en términos de volumen, pero forma parte del creciente reconocimiento internacional de los vinos gallegos de zonas distintas de las denominaciones más conocidas.

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