Hace años, con 12 o 13, más o menos, conocí a una chica con la que me hartaba de jugar, pero con el tiempo me olvidé de ella, porque crecí, conocí a otras personas, empecé a hacer cosas diferentes… Pero el otro día, cuando tuve que ir a comprar algunas cosas en la farmacia, me la encontré, y me la quedé mirando un rato porque me sonaba un montón y no sabía de qué.
Cuando llegó mi turno me preguntó cómo me iba todo con una sonrisa, así que, sin duda, la conocía, y ella me conocía a mí. Confusa, le respondí que bien, y ella, al ver mi cara, se rió y me dijo que jugábamos juntas de niñas. Entonces fue cuando la conocí, y me sorprendí una barbaridad al ver que había abierto una farmacia a las afueras del barrio. ¡Vamos, que era la dueña!
Un día la invité a tomar algo y me contó su historia. Así que me apetecía contártela, porque escuchándola me quedé con la boca abierta. Y si alguna vez se te pasa por la cabeza montar algo parecido, por lo menos ya tienes una idea bastante clara de cómo empieza todo.
De jugar en el parque a elegir estudiar farmacia
La primera vez que hablamos después de tantos años, la miré confusa, porque me parecía mentira que fuese la misma persona con la que corría por el parque cuando éramos pequeñas. Ella se rió cuando se lo dije y me contó que su idea de trabajar en una farmacia ya le llevaba tiempo rondando en su cabeza, porque en su casa siempre había medicamentos por todas partes porque su madre trabajaba en una clínica, y a ella le daba curiosidad todo ese mundillo.
Me explicó que durante el instituto empezó a interesarse más. Le gustaban mucho las asignaturas de biología y química, y cada vez que miraban algo relacionado con salud se quedaba súper atenta. Me dijo que escuchaba a otros queriendo estudiar mil cosas diferentes, pero que ella ya tenía medio decidido que quería trabajar en algo relacionado con medicamentos y con ayudar a la gente.
Cuando terminó el instituto, se lanzó a estudiar farmacia en la universidad. Me contó que no fue fácil, porque son bastantes años y encima es complicada: exámenes difíciles, prácticas, asignaturas súper complicadas… pero también me dijo que cada vez que pisaba una farmacia durante las prácticas sentía que estaba donde debía estar.
Ahí empezó a imaginar tener su propia farmacia algún día. Todavía no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo, ni cuánto costaba, ni por dónde empezar… pero la idea se le quedó en la cabeza dando vueltas durante varios años.
Los años de universidad y el primer contacto con una farmacia real
Mientras me contaba todo esto, yo pensaba que estudiar farmacia debía ser súper difícil. Ella me decía que sí, que hay momentos complicados, pero que también aprendes cosas muy interesantes. Me dijo que en las prácticas en los laboratorios ves cómo funcionan los medicamentos y por qué algunos ayudan tanto cuando alguien se siente mal.
También me contó que durante esos años trabajó unas horas en una farmacia como estudiante en prácticas, y que ahí fue cuando realmente entendió cómo funciona todo. No es solo vender medicamentos, es hablar con los clientes, resolver sus dudas, ayudar a las personas mayores que llegan preocupadas porque no entienden la receta. Ella me decía con una sonrisa en la cara muy grande que le encantaba ese contacto con la gente, que cada día llegaban personas con historias distintas. Algunos buscaban un consejo, otros querían preguntar algo porque confiaban en la farmacéutica…
Aprendió un montón de cosas prácticas en la farmacia: hacer pedidos, controlar el stock y organizar horarios. En la universidad casi no enseñan eso, pero es súper importante en la vida real. Cada día en las prácticas la hacía sentirse más segura y ver que tener su propia farmacia podía ser posible. Poco a poco entendió que, además de saber de medicamentos, también hay que manejar el negocio, tomar decisiones y resolver problemas.
La búsqueda del local perfecto en el barrio
Me contó que encontrar el lugar para una farmacia es una de las decisiones más importantes. Dice que no vale cualquier sitio, que hay que pensar en la gente que vive cerca, en si hay médicos alrededor, en si la zona está creciendo o está más tranquila…
Durante varios meses estuvo mirando locales por diferentes barrios. Algunos de lo que vio eran demasiado pequeños, otros estaban en zonas donde ya había otras farmacias muy cerca y no sería bueno poque habría mucha competencia… y en algunos casos el alquiler era tan alto que no podría pagarlo.
Un día encontró un local donde en una zona a las afueras del barrio, cerca de varias urbanizaciones nuevas. Me explicó que, cuando lo vio, sintió del tirón “aquí puede funcionar”.
Pero para abrir una farmacia, me dijo, necesitas varias cosas. Primero los permisos y licencias, porque no puedes vender medicinas sin estar legal. Luego el local, por si necesitas hacer reformas, poner estanterías, mostradores, cámaras… También hay que preparar sistemas informáticos para controlar ventas y stock.
Además, hay que organizar proveedores y decidir qué productos tener desde el primer día. Todo parece muy complicado cuando no tienes ni idea de farmacia, pero si te pones a pensarlo es muy lógico.
Conseguir el dinero para empezar
Me dijo que durante años fue ahorrando un poco cada mes, pero aun así no le alcanzaba para todo lo que necesitaba al principio.
Por eso empezó a hablar con bancos para conseguir un préstamo. Le daba bastante respeto ir a reuniones, enseñar números y explicar su idea, pero se organizó y lo preparó todo: hizo un plan sobre qué productos iba a vender, cuántos clientes esperaba y cuánto costaría cada cosa.
Después de varias reuniones consiguió el préstamo que necesitaba. Ese momento fue importante porque sintió que ya no había vuelta atrás. Por fin podía abrir su propia farmacia. Todo el esfuerzo de ahorrar, planear y prepararse empezaba a dar resultados. Fue como darse cuenta de que su sueño podía hacerse realidad, y que todo el trabajo valía la pena para lograrlo.
Los primeros días con la farmacia abierta
Cuando abrió la farmacia me contó que estaba muy nerviosa, porque se había imaginado ese momento muchos años, pero luego fue distinto a como lo había imaginado. Solo con levantar la persiana el primer ya tuvo una mezcla rara entre emoción y miedo.
Los primeros clientes fueron vecinos curiosos que pasaban por delante y entraban para ver cómo era la farmacia nueva. Algunos venían a comprar algo pequeño, otros simplemente querían preguntar. Ella me decía que cada persona que entraba le parecía importantísima.
También hubo momentos tranquilos en los que apenas entraba nadie durante un rato largo. En esos momentos empezaba a pensar si todo saldría bien, si llegarían suficientes clientes, si había sido una locura lanzarse a abrir…
Pero poco a poco la farmacia empezó a hacerse conocida. Los vecinos del barrio empezaron a entrar con más frecuencia, algunas personas venían recomendadas por otras… y cada semana se notaba un poquito más de movimiento.
Eso la ayudó a tranquilizarse, porque comprendió que, si tenía paciencia y se esforzaba… todo acabaría llegando por sí solo: los clientes, la reputación… todo.
Aprender a atraer clientes sin tener experiencia
Me contó algo que me hizo reír bastante. Al parecer, cuando abrió la farmacia sabía muchísimo sobre medicamentos, pero casi nadie le había ezxplicado cómo atraer clientes. Nadie explica eso en la universidad, y mal, porque deberían hacerlo.
Al principio hacía lo más básico: tratar bien a todo el mundo, explicar las cosas con paciencia y recordar a los clientes habituales por su nombre. También empezó a organizar mejor la farmacia por dentro para que los productos se vieran mejos explicados, colocó algunos artículos de cuidado personal en zonas más visibles y empezó a recomendar cosas útiles cuando alguien venía con alguna duda.
Aun así, sentía que podía hacer más para que la farmacia se conociera en el barrio, así que empezó a informarse sobre marketing para farmacias, a hacerse algunos cursos, a mirar ayudas para desempleados…
Gracias a eso, descubrió que internet podía ayudarla. Ella nunca había sido muy fan de hacer las cosas por ordenador, pero cuando vio que era muy fácil y que le ayudaría mucho, se informó más y tumó una decisión que cambiaría su farmacia para siempre.
El descubrimiento de las redes sociales para una farmacia
Ella siempre había pensado, como yo al principio, que las redes sociales eran solo para subir fotos, nada más. Para poner dónde estás, qué estás haciendo, y todas esas cosas de adolescentes que no sirven para un negocio, porque lo infantilizaría. Pero un día vio la cuenta de otra farmacia que daba consejos de salud y pensó que podía hacer algo parecido.
Abrió un instagram y un facebook, y comenzó a subir fotos de productos, a explicar para qué sirven, a dar consejos de cuidado de la piel o a recordar cosas sobre salud. La idea era que la gente del barrio viera esos contenidos y recordara su farmacia, y a la vez se educase un poco más en salud. Así, si algún día necesitaban algo, probablemente entrarían primero ahí.
Al principio le daba un poco de vergüenza grabarse vídeos o escribir las publicaciones, pero al final, haciéndolo casi todos los días, se fue acostumbtrando. Además, muchos clientes le decían que habían visto algo en redes y por eso habían venido.
Gracias a las redes sociales, me confesó, su clientela no solo había subido de forma local, sino que con los “compartidos” y las recomendaciones, al final empezaron a venirle viajeros que estaban de paso, personas de ciudades vecinas, y todo tipo de personas con las que jamás habría contado al abrir su farmacia.
El WhatsApp es muy bueno para conseguir clientes
Me sorprendió muchísimo que me dijese, por cierto, que una de las herramientas que más le ha ayudado a conectar con los clientes ha sido el WhatsApp. Mucha gente lo usa todos los días, así que es una manera súper fácil hablar con ellos sin que tengan que venir a la farmacia. Algunos preguntan si tienen un medicamento, otros quieren saber si ha llegado algo que habían pedido.
Farmacom, especialistas en Marketing Digital para farmacias, le explicaron en su día que WhatsApp sirve para resolver dudas rápidas de los clientes, avisarles cuando le llega un pedido, enviar recordatorios de productos o incluso para informar sobre las novedades de la farmacia.
Ella empezó a usarlo de esta forma: si un cliente necesitaba algo que no estaba en stock, le ofrecía avisarle por WhatsApp cuando llegara. También respondía preguntas rápidas que a veces evitaban que la gente tuviera que desplazarse.
Con el tiempo, muchas personas que hablaban con ella por WhatsApp terminaban entrando en la farmacia a comprar, y WhatsApp se volvió una herramienta muy buena para estar cerca de los clientes, resolver dudas al instante y hacer que más gente conociera la farmacia.
Si te animas a intentarlo, ya lo tienes un poco más claro
¡Anímate, hazlo! Una farmacia es todo un reto, pero se puede lograr, ¡de verdad! Los primeros meses vas a tener que ahorrar como si no hubiese un mañana y organizar los permisos, planear el local, el stock y cómo funciona el día a día, pero al final te juro que te merecerá la pena todo ese enorme esfuerzo que tienes por delante.
Los bancos y la financiación serán buenos aliados, así que ve y pídeles ayuda, pero antes comprueba si vas a necesitar reformas, muebles y sistemas para no pedir demasiado… o para no quedarte corto. Las farmacias cercanas pueden ser un gran ejemplo: ver lo que funciona y lo que falla te puede dar ideas y evitarte problemas.
La experiencia de otros también es importante, así que escucha cómo solucionan problemas, aprende de sus aciertos y errores y comparte tus dudas. Recuerda que WhatsApp y las redes sociales acercan a los clientes, porque resuelven las dudas más rápido, avisan sobre las novedades o los productos y conectan con el barrio.
Esfuérzate, aprende, ten paciencia, ganas y sé constante, para que tu farmacia suba como la espuma y entren muchas personas a comprarte y conocerte. ¡Tú puedes lograrlo!