Cuando tenía 24 años, tuve que tomar una decisión que me rompió por dentro: tuve que dejar de hablar con mi madre, porque, literalmente, estaba acabando conmigo. Mi madre JAMÁS me ha puesto una mano encima, esto lo juro por Dios, NUNCA… pero lo que me ha hecho me acompañó en mi cabeza y en mi corazón toda mi vida. A veces, todavía recuerdo ciertos momentos y me enfacho mucho otra vez. Otras, solo siento pena por cómo terminaron las cosas.
Lo que sí es verdad es que este tema me ha dado muchos quebraderos de cabeza, y que mi corazón necesitaba un descanso de tanta culpabilidad por algo que, siendo sincera, tardé MUCHO en comprender: NADA de lo que pasó fue culpa mía.
Abusos mentales y psicológicos desde niña
Desde muy tenía algo muy raro en el pecho que no comprendía: era miedo. En mi casa había gestos que se repetían tanto que terminaban pesando muchísimas veces, aunque desde fuera, si no lo has vivido, pueda parecerte una tontería.
Uno de los que más recuerdo eran las mañanas. Ellos se sentaban en la cocina con sus pantumacas, su café y hablando de tonterías, como lo que habían hecho el día anterior en el instituto o qué iban a hacer de comer. Yo, en cambio, pasaba por delante de ellos medio dormida, camino del colegio, y nadie preparaba nada para mí. Sé que puedes pensar: “Jolines, pero hazte tú de desayunar”, pero no se trata de eso: se trata de que con 8 años nadie se molestaba en hacerme de desayunar. Y que, si alguna persona preguntaba alguna vez si yo había desayunado o qué quería tomar (en un bar, por ejemplo), mi madre respondía que yo no comía nada por las mañanas. Y lo decía con tanta naturalidad que parecía verdad, aunque no lo fuera.
Otra cosa que recuerdo mucho es que, desde que tenía unos diez u once años, mi hermano, que tenía 5 años más que yo, me despertaba a patadas en la espinilla para que limpiara su habitación. Sentía de repente una patada, me despertaba con dolor, y escuchaba: “¡Quilla, levántate ya y límpiame el cuarto!”. Yo me levantaba con dolor en la espinilla y caminaba hasta su cuarto para recoger todo lo que él había dejado tirado, barrer, pasar el polvo… lo que quisiera que le hiciese ese día. Lo más duro era que nadie decía nada, nadie le decía que aquello estaba mal. Incluso recuerdo hacerlo estando enferma, con fiebre, con el cuerpo fatal, me recuerdo limpiando. Porque, para que lo entiendas, para mí aquello era lo normal.
Y luego estaba mi tía, a la que siempre he llamado “la sargento” de forma cariñosa. Ella tenía una forma muy directa de hablar y le encantaba darme órdenes (de ahí el nombre, y sí, solo me daba ordenes a mí, no a mis hermanos ni a mis primos), y durante años una de sus cosas favoritas fue llamarme gorda. Lo decía delante de la gente, en casa, en las fiestas… en cualquier momento. Vale, sí, no estaba delgada, estaba algo rellenita, lo confieso, pero es que yo no encontré otra salida que refugiarme en la comida porque estaba muy estresada y muy triste muchas veces.
Aquellos comentarios se quedaron clavados dentro de mí durante muchísimo tiempo. Y lo curioso es que estas tres cosas que cuento aquí son solo una pequeña parte de todo lo que viví durante 24 años.
Gaslighting, o lo que yo entonces consideraba lo “normal”, porque no sabía que existía
Con el tiempo ya no eran solo comentarios sueltos o momentos incómodos, sino que empezó algo más complicado de entender para mí, porque cada vez que les decía que algo me había dolido o que me habían hecho sentir mal, me decían que exageraba, que eso no había pasado así, que lo recordaba todo, que me lo estaba inventando o que estaba dramatizándolo todo.
Creo que por eso empecé a sentirme algo rara por dentro, porque empecé a dudar de mí misma y de si me estaba imaginando que me trataban mal. A ver, ahora lo miro de adulta y entiendo que sí, que estaba mal, pero en ese momento, con 12-13 años, esa duda se me quedó grabada a fuego por dentro. Incluso empecé a dudar de lo que sentía, y creo que fue ahí cuando noté que tenía emociones demasiado grandes (rabia, miedo, tristeza…) y que no era capaz de gestionarlas, porque si lo hacía… bueno, era una exagerada, no era como yo lo recorcaba.
Al final uno se acostumbra, de lo aseguro, y yo me acostumbré a vivir así, sin confiar del todo en lo que recordaba o en lo que sentía. Incluso empecé a analizar si me había imaginado el tono con el que me hablaban, las intenciones que habían tenido al llamarme “gorda” o “exorcista” (porque tengo el pelo rizado), “vizca” (porque tengo estrabismo), e incluso si todo aquello no era más que producto de una mente enferma, y que ellos eran buenas personas.
Mucho después pude ponerle nombre a todo eso, porque escuché la palabra gaslighting, al analizarlo… comprendí que era lo que me estaban haciendo. Una psicóloga en Alicante, Angela Rodríguez, me explicó en su día que este tipo de dinámica hace que una persona termine dudando de su propia percepción. Y ahí entendí por qué llevaba tanto tiempo sintiéndome así.
Cuando empecé a refugiarme en otros adultos
Desde bastante joven busqué refugio fuera de casa, porque no tenía otro remedio. No lo hacía de forma consciente, simplemente ocurría. Había ciertos lugares donde me sentía más tranquila, y uno de esos lugares era la tienda de Pepe, un hombre mayor del barrio que tenía una pequeña tienda de alimentación. Yo entraba muchas veces simplemente para hablar un rato, y comentábamos cosas normales del día, del barrio, del tiempo… Nunca sabré si él sabía por lo que estaba pasando, pero me dejaba quedarme allí horas, me regalaba chucherías… era muy buena persona conmigo.
También estaba Antonia, una mujer muy mayor que vivía con mi tía. Tenía casi noventa años y apenas podía moverse bien, pero aun así cada día limpiaba su casa y le hacía la colada a mi tía, no sé por qué. Ahora lo pienso y me da hasta rabia pensar que tenían a la pobre mujer haciéndo las tareas domésticas. Bueno, la cosa es que yo pasaba mucho tiempo sentada con ella, escuchándola hablar de su vida y de sus recuerdos. Tenía una forma de tratarme muy dulce, muy tranquila, que me hacía sentir cómoda.
Ninguna de estas personas me criticaba, nadie me hacía sentir que molestaba o que exageraba, y por eso ,e iba con ellos. Solo hablábamos, compartíamos tiempo… y eso ya era suficiente para que yo me sintiera mejor durante un rato.
El divorcio de mis padres en pleno bachillerato
Cuando estaba en bachillerato, llegó otro golpe fuerte que me afectó muchísimo: mis padres se divorciaron. Y aunque mucha gente piensa que un divorcio solo es que dos adultos se separan y que no tiene por qué afectar a los hijos… para mí fue un terremoto emocional enorme.
Durante mucho tiempo ya había habido mucha tensión en casa: más discusiones (pero ya no solo contra mí, sino contra mi padre), silencios incómodos, comentarios cargados de resentimiento… Pero yo, que ya estaba totalmente aislada en mi mente, no entendí nada de lo que estaba pasando hasta que finalmente decidieron separarse.
Me quedé viviendo con mi padre, y esa decisión cambió muchas cosas en mi relación con el resto de la familia: parecía que elegir una casa significaba automáticamente posicionarse en un lado del conflicto, y de repente todo se volvió más frío y más distante.
De hecho, mi hermana me llamó un día y me dijo que “Qué coño estaba haciendo, que mi madre estaba llorando en casa”. Y yo, con más paciencia de la que tenía, le expliqué TODO lo que os estoy explicando a vosotros (los insultos, humillaciones, etc), y le dije que por eso me quedaba con papá. Mi hermana me dijo que era una mala persona y que me arrepentiría toda mi vida, y me colgó.
No tenéis NI IDEA de la marabunta de pensamientos de culpabilidad que eso me causó. Que si la había abandonado, que si era una mala hija, que si quizás lo había exagerado todo otra vez…
Los rumores de mi tía y el silencio de mi madre
Hubo una época en la que ocurrió algo que me dolió muchísimo: mi tía empezó a contar por ahí que yo iba a ver a mi madre solo para comer. Decía a todo el que la escuchaba que lo hacía porque estaba gorda y que lo único que me interesaba era la comida, pero que mi madre me importaba un pimiento.
Descubrir eso fue durísimo. No era solo un comentario cruel, sino que no era verdad. Cuando iba a ver a mi madre (cosa que hacía YO, porque ella jamás se dignó a venir a verme o a llamarme para que quedásemos en algún sitio a vernos), me quedaba TODO el día con ella. Entonces, ¿debía de traerme comida de casa? ¿No comer? Señora, si está leyendo esto… por Dios, espabile.
Lo que más me dolió no fue solo lo que decía mi tía, sino que mi madre nunca lo desmintió. Nunca dijo que aquello no era verdad, nunca salió a defenderme… Y me la imagino yendo de paseo con mi tía, encontrándose a otras personas y la sargento hablándoles mal de mí… y ella asintiendo, diciendo que era verdad, o solo guardando silencio.
Ese silencio pesa mucho, créeme, porque cuando alguien deja que se digan cosas así sobre ti sin decir nada, el mensaje que queda es muy claro.
Me sentía invisible
Hay momentos que se quedan grabados para siempre en la memoria, y uno de esos momentos fue el cumpleaños de mi sobrino. Yo tenía un pie vendado porque estaba lesionada y caminar me costaba muchísimo, y cuando se lo dije a mi madre, ella me dijo que me llevaría en su coche, así que yo me quedé tranquila pensando que no tendría que hacer el esfuerzo de desplazarme sola. Ese mismo día intenté llamarla varias veces, pero tenía el móvil apagado.
Las horas pasaban y no tenía ninguna noticia, y yo seguía esperando sin saber qué hacer. Finalmente mi cuñada decidió llevarme ella para que pudiera llegar al cumpleaños. Cuando mi madre apareció, dijo que se había olvidado de mí. En ese momento sentí algo muy raro por dentro, como si mi presencia fuera algo tan fácil de olvidar que ni siquiera merecía una explicación.
En otra ocasión, fuimos toda la familia a comer al KM 0. Y ese día, en medio de todo, fue increíble. Me sentí muy integrada, hablé con todos, me reí, estuve en las conversaciones sin quedarme fuera, como si encajara de verdad. Fue de esos días que me hacían pensar si alguna vez he exagerado lo que siento.
Pero al final del día pasó otra cosa que se me quedó clavada: mi madre sacó el móvil y dijo que quería hacer una foto con toda la familia, que saliéramos todos juntos. Miró alrededor, me dio el móvil y dijo: “Toma, hazla”. Me quedé con eso en la mano mirando a todos. Y en ese momento se me quedó una pregunta muy clara en la cabeza: ¿yo no era de la familia para salir en la foto…?
El episodio del belén que yo había pintado
Años después ocurrió una escena que fue el inicio del final de mi relación con mi madre. Yo tenía 24 años y necesitaba dinero para pagar la matrícula de la universidad, así que decidí vender un belén que yo misma había pintado años antes. Era mío, lo había trabajado durante mucho tiempo y pensé que venderlo era una forma lógica de conseguir lo que necesitaba.
Cuando mi madre se enteró, se enfadó muchísimo: se puso hecha una furia y me exigió que se lo devolviera. Yo no quería más discusiones, así que quedé con ella para entregárselo. Eran muchas cajas y yo vivía en un tercero, y como estaba enfadada lo dejé todo en la puerta para que ella lo bajara. Cuando llegó empezó a discutir con mi padre y gritó una frase que todavía recuerdo perfectamente: “¿Qué le has hecho, Flore?”
Como si todo lo que estaba pasando conmigo fuese culpa de él, de mi padre. En medio de la discusión quiso llevarse una foto de mi abuela, la única que tengo: y ahí sí dije que no, que esa foto se quedaba conmigo.
Después de esto, reuní todas las fotos donde salían mi madre y mis hermanos, y luego quedé con mi madre en un bar para entregarle esas fotos. Cuando se las di, empezó a llorar, se levantó de la mesa y se fue con las fotos en las manos. Aquella escena se quedó grabada en mi cabeza durante muchísimo tiempo, porque incluso me dejó pensando que podría pasarle algo en el coche porque se había quedado muy mal.
Durante años cargué con una culpa enorme por ese momento. Sentía que había hecho algo terrible, como si haber defendido algo lógico para mí fuera una traición. Esa culpa me acompañó mucho tiempo, incluso cuando en el fondo sabía que mi salud mental necesitaba ese espacio…
La terapia y el momento en que entendí que no tuve la culpa
Ir a terapia fue una de las decisiones más importantes de mi vida: llegué con la cabeza llena de dudas, de recuerdos mezclados y de emociones que no sabía cómo ordenar. Poco a poco fui hablando de todo lo que había pasado, y le fui poniendo palabras a situaciones que durante años parecían imposibles de explicar (como el gaslighting).
Con el tiempo empecé a entender algo muy importante: haber puesto distancia fue una forma de protegerme, no fue un acto cruel ni egoísta, así que fue una decisión necesaria para poder seguir adelante sin seguir rompiéndome por dentro.
También comprendí algo que tardé muchos años en aceptar: la culpa que sentía no era mía. Durante mucho tiempo cargué con emociones que en realidad le pertenecían a otras personas.
Si estás leyendo esto y has vivido algo parecido, quiero que sepas algo muy importante
No estás solo, no estás sola. Muchísimas personas han pasado por historias familiares que dejan heridas invisibles. Hablar de ello y buscar ayuda puede cambiar muchísimo la forma en que entiendes tu propia vida.
Y, sobre todo, puede ayudarte a dejar de cargar con una culpa que nunca fue tuya.